Cortázar, el cronopio

DSC03247Avui fa 101 anys que va néixer Julio Cortázar a Ixelles (Brussel·les). Fa cinc dies vaig visitar la casa on va viure aquells primers anys, al número 116 de la rue Louis Lepotre. Just al seu davant, des del 2005, hi ha un bust de l’escriptor, obra d’Edmund Valladares. Vam estar contents d’anar a deixar una pedreta en record d’aquella altra que ja vam deixar sobre la seva tomba a París, fa uns quants anys.
Les seves obres ens van acompanyar durant la nostra joventut. I també a l’escola hem fet servir els seus contes per entendre de que va això de l’escriptura.
Us deixo un parell dels seus contes: Instrucciones para subir una escalera i Lucas, sus pudores.

Instrucciones para subir una escalera
Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se sitúa un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.

Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).

Llegado en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.
cortázar
Lucas, sus pudores
En los departamentos de ahora ya se sabe, el invitado va al baño y los otros siguen hablando de Biafra y de Michel Foucault, pero hay algo en el aire como si todo el mundo quisiera olvidarse de que tiene oídos y al mismo tiempo las orejas se orientan hacia el lugar sagrado que naturalmente en nuestra sociedad encogida está apenas a tres metro del lugar donde se desarrollan estas conversaciones de alto nivel, y es seguro que a pesar de los esfuerzos que hará el invitado ausente para no manifestar sus actividades, y los de los contertulios para activar el volumen del diálogo, en algún momento reverberará uno de esos sordos ruidos que oír se dejan en las circunstancias menos indicadas, o en el mejor de los casos el rasguido patético de un papel higiénico de calidad ordinaria cuando se arranca una hoja del rollo rosa o verde.
Si el invitado que va al baño es Lucas, su horror sólo puede compararse a la intensidad del cólico que lo ha obligado a encerrarse en el ominoso reducto. En ese horror no hay neurosis ni complejos, sino la certidumbre de un comportamiento intestinal recurrente, es decir que todo empezará lo mas bien, suave silencioso, pero ya al final, guardando la misma relación de la pólvora con los perdigones en un cartucho de caza, una detonación más bien horrenda hará temblar los cepillos de dientes en sus soportes y agitarse la cortina de plástico de la ducha.
Nada puede hacer Lucas para evitarlo; ha probado todos los métodos, tales como inclinarse hasta tocar el suelo con la cabeza, echarse hacia atrás al punto de que los pies rozan la pared de enfrente, ponerse de costado e incluso, recurso supremo, agarrarse las nalgas y separarlas lo más posible para aumentar el diámetro del conducto proceloso. Vana es la multiplicación de silenciadores tales como echarse sobre los muslos todas las toallas al alcance y hasta las salidas de baño de los dueños de casa; prácticamente siempre, al término de lo que hubiera podido ser una agradable transferencia, el pedo final prorrumpe tumultuoso.
Cuando le toca a otro ir al baño, Lucas sufre por él pues está seguro que de un segundo a otro resonará el primer alelí de la ignominia; lo asombra un poco que la gente no parezca preocuparse demasiado por cosas así, aunque es evidente que no están desatentas de lo que ocurre e incluso lo cubren con choques de cucharitas en las tazas y corrimientos de sillones totalmente inmotivados. Cuando no sucede nada, Lucas se siente feliz y pide de inmediato otro coñac, al punto que termina por traicionarse y todo el mundo se da cuenta de que había estado tenso y angustiado mientras la señora de Broggi cumplimentaba sus urgencias. Cuán distinto, piensa Lucas, de la simplicidad de los niños que se acercan a la mejor reunión y anuncian: Mamá, quiero caca. Qué bienaventurado, piensa a continuación Lucas, el poeta anónimo que compuso aquella cuarteta donde se proclama que no hay placer más exquisito / que cagar bien despacito / ni placer más delicado / que después de haber cagado. Para remontarse a tales alturas ese señor debía estar exento de todo peligro de ventosidad intempestiva o tempestuosa, a menos que el baño de su casa estuviera en el piso de arriba o fuera esa piecita de chapas de zinc separada del rancho por una buena distancia.
Ya instalado en el terreno poético, Lucas se acuerda del verso del Dante en el que los condenados avevan dal cul fatto trombetta, y con esta remisión mental a la más alta cultura se considera un tanto disculpado de meditaciones que poco tienen que ver con lo que está diciendo el doctor Berenstein a propósito de la ley de alquileres.

Rayuela-Julio-Cortázar

Tropismes

DSC01880Ja torno a ser a Barcelona, després d’un nou viatge (i van…) a Brussel·les. Normalment, en aquestes visites, dediquem una tarda a visitar una llibreria. Tinc les meves favorites (The Wolf, Le rat conteur i Filigranes) però en aquesta ocasió i gràcies a la recomanació d’un bon amic, l’Àlex Cossials, ens vam aventurar a entrar a Tropismes.
No cal ni dir que entrar en una llibreria et fa bategar el cor una mica més de pressa. És un plaer, gairebé una intoxicació, veure’t envoltat de milers de llibres, cadascun amb una història que contar, amb secrets reservats per a tu, aventures per descobrir.
Entres, fas una mirada al teu voltant, flaires l’olor dels llibres nous, passeges, toques una portada, agafes un llibre que t’està cridant, fulleges les seves pàgines o llegeixes la contraportada, el tornes a mirar i, potser, només potser, el llibre et parla i et demana que l’adoptis. I tu no et pots resistir.
La calma, la tranquil·litat que s’hi respira, facilita aquest encontre que té molt d’enamorament. Llavors penses en tot el que et perds quan les presses del dia a dia t’empenyen a fer una compra a través d’alguna plataforma tipus Amazon, la casa del libro, etc. I també penses en les llibreries que es tanquen massa sovint (al menys a Barcelona) i et fa pena perquè és com si el tancament d’aquest llocs per somiar deixessin la ciutat més buida, més impersonal, més com totes les altres megalòpolis. Ciutats uniformes, sense encant, gairebé vulgars…
aprendreCom us deia, vam entrar a Tropismes a la recerca de descobertes atzaroses però també amb la idea clara de trobar els llibres de la Mélanie Rutten, una autora belga de qui ja havíem llegit l’únic llibre publicar a casa nostra Aprendre a viure junts (Blume) i ens havia encantat. I els vam trobar i vam xalar de valent… tant que, d’ací uns dies faré una entrada a la secció l’il·lustrador del mes on us faré cinc cèntims del perquè s’ha de seguir a aquesta autora.
Fins llavors, us deixo amb un parell dels seus dibuixos.

oko1 rutten 3